Y entonces llega el puto invierno.
Y todo cambia. Y no hay vuelta atrás. Y todo lo que creías interminable... acaba.
Crees que a pesar de tomar caminos diferentes, la vida os juntará y os volveréis a encontrar. Y aunque en el fondo sabes que eso es casi imposible, quieres creer que sí. Quieres pensar que esto que parece un final no es más que una pausa, que un día de estos volverás a verle con su sonrisa de siempre bajo esos ojos verdes, que te agarrará por la cintura como solía hacer y te susurrará al oído que lo vuestro no acabó, que nunca ha acabado. Pero esas cosas solo suceden en esas películas en las que envidias a la protagonista. Siempre es la típica chica a la que nada le sale bien, que de repente, con una mirada enamora al chico guapo, y a partir de ahí, se hace amiga inseparable de la felicidad.
Quieres sentirlo, quieres creerlo, necesitas pensar que todo volverá a ser como antes. Pero cada vez es más difícil y lo sabes. Y es en ese momento cuando empiezas a recordarlo todo, desde el principio, día a día, cómo fue ganándose tu corazón poquito a poco. Y piensas que quizás esto empezó antes de que te dieras cuenta, piensas que a lo mejor te enamoraste mucho antes de lo que creías.
Y ahí te das cuenta. De que nadie va a poder enamorarte de esa forma. De que las cosas solo suceden una vez. De que esas mariposillas que sentías al ver su nombre en la pantalla de tu móvil no van a aparecer con nadie más. Que por mucho que te esfuereces, no volverás a sentirte igual. Que solo hay un primer amor, y cuando se va, solo podemos intentar aparcarlo y buscar otros que lo escondan... pero nunca volverás a tener esa sensación de que puedes comerte el mundo, nunca estarás tan enamorado de nadie, nunca podrás sustituir a esa persona que te enseño qué era eso del amor.